Las Noticias, La Opinión

La Mala Educación

“No se desespere”

Sonia del Valle

Fue un viernes por la mañana. Sonó mi celular. Era Rodolfo Tuirán, entonces subsecretario de Educación Superior.

—Oiga, ¿qué está haciendo? —me preguntó.

—Descansando —contesté.

—Pues véngase para la SEP, porque ya está listo el Acuerdo y lo voy a dar a conocer.

Supe de inmediato de qué acuerdo hablaba: el 286, que permitiría a periodistas y comunicadores acreditar la licenciatura por experiencia profesional.

Llegué a la SEP cerca de las once de la mañana. Tuirán presentó el acuerdo y anunció que, después de mucho trabajo y colaboración con el gremio, finalmente sería posible obtener el título profesional acreditando la experiencia profesional.

La evaluación para acreditar la licenciatura en Periodismo estaría a cargo de la Escuela Carlos Septién García; la de Comunicación, del Centro Nacional para la Evaluación de la Educación (Ceneval).

La espera había sido larga.

El Acuerdo 286 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 30 de octubre de 2000, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, cuando Miguel Limón Rojas era secretario de Educación. El mecanismo permite, aún hoy, acreditar conocimientos adquiridos de manera autodidacta o mediante la experiencia laboral. Primero se abrió la posibilidad de acreditar el bachillerato y después comenzaron a incorporarse distintas licenciaturas.

Pero la de Periodismo y la de Comunicación no llegaban.

Cuando Tuirán asumió la Subsecretaría de Educación Superior, le planteé que también debía abrirse esa posibilidad para quienes llevábamos años ejerciendo el oficio. Me dijo que estudiaría el caso.

Cada vez que lo encontraba en la SEP, le preguntaba lo mismo:

—¿Y el Acuerdo 286 para periodistas?

Invariablemente respondía:

—Estamos en eso.

La pregunta se convirtió en una consigna personal. Se la hacía en cada evento, en cada encuentro por los pasillos de la Secretaría. Con el tiempo, ya era casi una broma. Empezaba a pensar que el acuerdo nunca saldría.

Un día, durante una entrevista sobre otro asunto, volví a preguntarle. Fuera de grabadora, me explicó que en el sexenio anterior se habían instalado mesas de diálogo con periodistas, asociaciones y colegios de profesionistas, pero no habían logrado ponerse de acuerdo sobre el tipo de acreditación ni sobre quién debía evaluar.

Le reclamé. Le dije que no hiciera caso, que si le tomaba parecer a todo el mundo, nunca acabarían.

—Oiga usted, hay que tomar en cuenta a todos, pero, sobre todo, analizar qué instancias evaluadoras pueden realizar el proceso. No se desespere, va a salir.

Pasaron casi tres años.

Cuando finalmente se presentó el acuerdo (abril del 2007), Tuirán me recordó:

—Le dije que no se desesperara, que iba a salir.

No sé cuántos periodistas en México han obtenido su título por esta vía (pero conozco a muchos). Para hacerlo había que acreditar cinco años de experiencia profesional, presentar un portafolio de evidencias y aprobar un examen escrito y uno oral ante sinodales.

Yo presenté una nota, un reportaje, una crónica y una entrevista publicados en Reforma. Después vino el examen escrito de cien preguntas. Tuve que estudiar una extensa guía y recuerdo que una amiga, Elizabeth Rodríguez, y yo nos reuníamos los fines de semana para prepararnos.

Finalmente, presenté el examen oral ante tres sinodales.

Aprobé. Elizabeth también.

La Dirección General de Acreditación, Incorporación y Revalidación (DGAIR) me entregó el título profesional y pude inscribirme a una maestría de periodismo político en la Carlos Septién.

Por eso, cuando recuerdo a Rodolfo Tuirán, no pienso solamente en el funcionario que conocía los procesos educativos y se tomaba el tiempo para explicar. Pienso también en el funcionario que escuchó una petición, la estudió y consiguió que una posibilidad que parecía remota se convirtiera en realidad para muchos periodistas.

Y por todo eso, también, no tengo más que agradecimiento para él.

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