La Mala Educación
* Paréntesis

Sonia del Valle
Vamos a hacer un paréntesis en esta historia de periodismo y educación para contar una de las experiencias periodísticas más intensas que me tocó vivir.
Porque hay días que no se olvidan. Días en los que una, sin saberlo, está frente a una gran historia en desarrollo mientras la reporteas y nunca imaginas que el mundo iba a cambiar por completo.
El 11 de septiembre de 2001 estaba en Nueva York. Había llegado para participar en un diplomado internacional para periodistas sobre el sistema de Naciones Unidas. Esa mañana tenía que ir a tramitar mi acreditación de prensa.
Eran las 7:30. En la televisión, un sonriente Pat Kiernan, conductor del noticiario 1NY, decía que era una linda mañana soleada de otoño. La ciudad comenzaba su día. En las noticias hablaban de las primarias de los partidos, de un grupo de maestros que amenazaba con irse a huelga y del regreso de Michael Jordan a las canchas.
A las 8:45 estaba formada en la oficina de prensa de Naciones Unidas, frente al edificio de la ONU. Dos periodistas, uno francés y otro asiático, esperaban su turno para renovar sus pases. Los televisores estaban encendidos, pero sin sonido.
De pronto, el periodista francés exclamó:
—Holy shit.
Todos volteamos a ver las pantallas.
Uno de los edificios del World Trade Center estaba incendiándose. Nadie sabía qué había pasado. Minutos después, mientras el periodista francés seguía mirando la televisión, vimos un avión estrellarse contra la otra torre.
Tomé mi pase de prensa y salí a la calle. Afuera me esperaban algunos colegas periodistas. Una de ellas era de Arabia Saudita. Sin ponernos de acuerdo, un colega de Costa Rica, otro de Guinea Ecuatorial, uno de Serbia, ella y yo comenzamos a correr hacia las Torres, al otro lado de la isla.
Mientras íbamos hacia las Torres era difícil entender lo que estaba pasando. En la radio escuchábamos que el Pentágono estaba en llamas, que la Casa Blanca había sido evacuada y que Manhattan estaba cerrado. Los puentes, los túneles, los aeropuertos y los puertos marítimos estaban cerrados. Nadie entraba. Nadie salía. Era la primera vez que sentía el encierro en el país de la libertad.
Pasaban de las 10 cuando llegamos y nos recibió un estruendo y una nube enorme de polvo. El ruido se confundía con el olor a quemado y a tierra seca. No podíamos respirar. Los brazos no alcanzaban para cubrirnos de aquello que volaba y que no sabíamos qué era. De pronto sentí que me jalaban y me tiraban debajo de una camioneta. Ahí sentí que estaba a salvo. Aunque respirar costaba trabajo.
Cuando la nube comenzó a disiparse, apareció una ciudad que ya no reconocíamos.
Bomberos llenos de polvo y sangre ayudaban a otras personas. Personas heridas corriendo con lágrimas que iban dejando surcos en los rostros cubiertos de polvo.
Y había silencio, en medio del caos. Caminamos por los alrededores de las Torres. Todo estaba destruido. Había cascajo, edificios cerrados, coches incrustados en las construcciones y un olor a quemado que no se iba. En la calle encontramos pedazos de papel, teléfonos, computadoras, relojes, zapatos y credenciales.
Vestigios de vida.
Han pasado 25 años desde aquel día.
Cuando escribí este texto, a diez años del atentado, todavía me costaba explicar lo que había vivido. Hoy, al releerlo, vuelvo a sentir tristeza y la responsabilidad que implica estar frente a una noticia que cambió la historia de la humanidad.
Porque el periodismo no es solamente contar lo que sucede, sino tratar de entender. Y aun así aunque el tiempo ha cambiado muchas cosas, hay imágenes que permanecen intactas y preguntas sin respuestas.
Esa es la razón de este paréntesis. Antes de volver a la educación, necesitaba detenerme en aquella experiencia que me recordó que informar no es únicamente registrar lo que ocurre. Es intentar comprenderlo, conservar la memoria y seguir preguntando.


